Milei, la transformación del alma popular y la crisis de comprensión en las ciencias sociales

Abstract: La característica central del triunfo electoral de Javier Milei en la Argentina ha sido la profundidad y la extensión de su victoria, al mismo tiempo que el acelerado desarrollo de su fuerza política. En esta afirmación contenemos el desarrollo de una necesaria crítica a la visión politológica, que adjudicaba un escaso 30% de adhesión de votantes originarios de la primera vuelta electoral sumando el 24% de la derecha mainstream durante el balotaje, cuando lo que se terminó verificando fue una fusión de los dos electorados en términos de la propuesta libertaria. Pero también nos interesa exponer las razones por las cuales este triunfo exige la captación de una singularidad socio histórica en el escenario del ascenso y los triunfos electorales de las derechas radicales a nivel global. En ese camino, acudiremos primero al legado de la sociología latinoamericana clásica como una herramienta capaz de exponer, en contacto con la teoría histórica de las clases sociales de Aníbal Quijano (2014), las dinámicas sociales y políticas que dieron la victoria al candidato libertario. En segundo lugar, nos apoyaremos en la tradición de los estudios culturales, para entender de qué manera en la transformación sociocultural previa al triunfo de Milei se conforma una ideología emergente en estado práctico -lo que hemos llamado “el mejorismo”- que el candidato de la derecha alternativa canaliza y articula políticamente a su favor. En tercer lugar, sostenemos que Milei como outsider además de ser el síntoma de una crisis de representación de las dos grandes coaliciones gobernantes en Argentina posterior a la crisis de 2001 es, a su vez, el emergente de una profunda crisis de compresión y capacidad heurística de las ciencias sociales para captar los cambios sufridos por la sociedad argentina.

Keywords: derechas, libertarios, juventudes, mejorismo

 

Introducción

¿Cómo fue posible el triunfo de Milei en Argentina? ¿Hasta dónde las prácticas académicas dominantes entre quienes se reclaman críticos obstaculizaron una anticipación y, sobre todo, la captación del carácter del experimento político libertario en curso? Nuestra tesis intenta responder estas preguntas y explicita dos resultados diferentes, ligados al trabajo de investigación que nos llevó a percibir la posibilidad de una victoria para la extrema derecha en Argentina. Por un lado, el aspecto relativo a la afinidad creciente de los jóvenes con propuestas que pusieran en su centro la crítica del Estado preconizada por los libertarios, y por otro el de la toma de distancia de dos consensos académicos superpuestos, que obstaculizan la percepción de los fenómenos en curso. En este trabajo abarcamos lo que caracterizamos como una crisis de comprensión de las ciencias sociales, y el proceso sociocultural que habilitó el triunfo de Javier Milei en las elecciones presidenciales de 2023[1].

Esto nos permitirá señalar la aparición de aquello que en términos de Raymond Williams (1997) constituye el par de lo declinante/residual y lo emergente: las rigideces que impidieron que las fuerzas actualmente opositoras y los mundos intelectuales no estuvieran al tanto de lo que ocurría, la aparición para ellos subrepticia de una derecha radical con arraigo popular.

 

Parte I: los sorprendidos y la crisis de comprensión

Poco antes de la elección del candidato libertario Javier Milei como presidente de la Argentina, la mayor parte de un conjunto de sujetos que inciden en la formación de la opinión pública e incluso de las convicciones de los líderes afirmaba que era imposible para un candidato libertario o de extrema derecha radical triunfar en las elecciones[2]. De ese conjunto participaba en primer lugar el periodismo, que salvo excepciones fue incapaz de anticipar el resultado electoral a pesar de que muchos de ellos tuvieron sospechas acerca de la viabilidad del candidato peronista Sergio Massa (por entonces ministro de economía del gobierno), que evitaron exponer públicamente. De ese mismo conjunto formaron parte los empresarios que, aunque podían simpatizar con La Libertad Avanza (LLA), pensaban que no podían hacerse ilusiones al tiempo que tenían reparos sobre la capacidad del candidato para gobernar en el caso de ganar las elecciones. Muchos de ellos también estaban disociados entre la adhesión a las promesas abstractas sobre libertad y amor al capital y las consecuencias reales de un eventual triunfo libertario en cuanto a sus actividades económicas, altamente dependientes del favor político y estatal. Así también integraban ese conjunto los líderes partidarios que confiaban, guiados por sus respectivos encuestadores, en que triunfarían candidatos más o menos “sistémicos”: los centro derechistas Horacio Rodríguez Larreta de Cambiemos, Sergio Massa del Frente de Todos (FdT), o la ultraderechista Patricia Bullrich, también de Cambiemos[3].

De ese consenso para excluir a Milei de las posibilidades de triunfo formaban parte también las ciencias sociales, a través de las ramas de la consultoría y la academia. La primera tenía más reservas porque los mecanismos constantes de observación la condicionan a mirar la realidad, pero como todo ocurría por fuera del radar ni siquiera la recurrencia y la honestidad en las mediciones les permitieron alcanzar predicciones más cercanas al resultado final. Dentro del mundo académico, en diversos niveles, la convicción generalizada entre los investigadores era que casi seguramente triunfaría el partido de la derecha mainstream; tanto para quienes formaban parte de una sensibilidad de centro o de izquierda, como incluso para quienes desde el mundo académico se sentían identificados con el candidato de la derecha tradicional. En diálogos informales nos fue posible constatar que muchos académicos no solo no veían la posibilidad de que Milei triunfase, sino que estimaban que en el remoto caso de lograrlo tendría una gobernabilidad imposible dado que no contaba con la estructura política necesaria para sostenerse en el poder. Incluso después de la elección primaria, en la que Milei salió con muchísimas posibilidades, algunos académicos todavía consideraban insensata nuestra lectura que veía muy posible la victoria del candidato libertario[4].

Es necesario considerar que luego de la crisis de representación de 2001 los análisis sobre la dinámica política de las fuerzas de derecha en argentina se focalizaron sobre el partido liderado por Mauricio Macri, PRO (Propuesta Republicana). La investigación de Vommaro y Morresi (2015) mostró cómo fue posible la conformación de este nuevo partido, su consolidación y posterior triunfo en alianza con la Unión Cívica Radical (UCR). La trayectoria de gobierno de la alianza Cambiemos (PRO más UCR) fue una experiencia frustrada, que devino en que por primera vez desde el retorno de la democracia en 1984 un presidente en ejercicio perdiera la reelección. Macri pierde contra el FdT que reunía al partido peronista con aliados de partidos de centro izquierda[5]. Luego de ello y de cara a las elecciones presidenciales de 2023, el libro de Mariana Gené y Gabriel Vommaro (2023), “El sueño intacto de la centro derecha”, analizaba el derrotero del PRO y las internas entre sus principales figuras (Macri y Bullrich liderando el ala radical y Larreta la moderada dentro del partido) asumiendo que el centro-derecha del PRO tenía grandes probabilidad de volver a ganar la presidencia frente a la excepcional crisis socioeconómica. De tal modo que, en el campo de las ciencias sociales argentinas, no sólo los análisis sobre la posibilidad del triunfo electoral sino incluso los análisis sobre la conformación de LLA y la centralidad que evidentemente ya tenía la figura de Milei entre amplios sectores de la sociedad, fueron escasos y marginales[6].

Es así como mientras desarrollamos nuestra investigación y tomamos contacto con pares, dirigentes políticos, periodistas y consultores, advertimos que estos círculos teóricamente influyentes sobre la convicción de amplios sectores estaban procesando como una “sorpresa” la victoria de LLA. Ella era reveladora de una crisis de comprensión, que persiste hasta hoy con la proliferación de hipótesis que fracasan augurando cada mes el derrumbe del gobierno y presumiendo la irreversibilidad de consensos construidos sobre políticas públicas en lo económico, lo cultural, lo social, e incluso en la memoria del terrorismo de Estado y su enjuiciamiento por parte de distintas gestiones democráticas. Milei es emergente de la crisis de representación política, pero al mismo tiempo es exponente de esta crisis de compresión profunda de la sociedad.

 

Absolutizaciones y socio-centrismos: la renegación

Lo que en psicoanálisis es renegación, voluntad de no saber de sexo, de muerte, de límites, se manifiesta hoy en la discusión política que convoca a los académicos como un trabajo de bacheo urgente destinado a repudiar la realidad más que a tomar nota de lo ocurrido. Si lo que sucedió ilumina un “no saber”, ¡que no se note!

Un gesto bastante común entre periodistas, consultores y analistas académicos ha sido el de buscar comunes denominadores entre las expresiones de las derechas de América Latina, Asia, Europa Oriental y Europa occidental para concluir que esos denominadores expresan lo fundamental del fenómeno. Tal vez no sea evidente, pero hay una falacia en esta posición: un denominador común se obtiene por una operación que reduce la complejidad de los fenómenos, mientras lo que nosotros requerimos es una historización y una complejización capaz de dar a los denominadores comunes un lugar diferente en cada caso. Y esto es precisamente lo que es necesario advertir para el caso de la elección de Javier Milei en Argentina. Si se razona comparando fenómenos a partir de la existencia de comunes denominadores, o más precisamente, de ecuacionar con configuraciones a partir de rasgos comunes sin precisar qué lugar ocupan esos rasgos en una configuración (y que otros elementos no comunes constituyen esa configuración), nos encontraremos ante el típico caso de la mímica positivista: la innecesaria vergüenza del carácter interpretativo e idiográfico de nuestras disciplinas se escuda tras generalizaciones mal construidas y sin significación estadística. Esto no implica que no se pueda ubicar al conjunto de los fenómenos en una tendencia general, pero sí que no se puede reducirlos a ella. Comparamos para establecer diferencias no sólo para establecer conocimiento legaliforme[7].

Cas Mudde (2019), una referencia inevitable y precisa para el caso de “Europa occidental”, formula una agenda de opciones, hipótesis que se han generalizado y desambiguado, suspendiendo el debate acerca de la concepción de lo que ocurre en América Latina. Las alternativas explicativas entre el carácter reactivo de las derechas y su dimensión propositiva, sus relaciones con las redes sociales, su carácter de reacción contra el multiculturalismo y las políticas de género, se han tomado como una receta en la que no entran más causas ni se establecen jerarquizaciones alternativas. De allí surge un consenso explicativo que enfatiza sin matices el papel de las redes sociales, el de la reacción ante las políticas de género, el de la agenda xenófoba en sus variantes antiinmigración o nativismo, y finalmente el del rol de las instancias globales de articulación financiera, política e ideológica de las extremas derechas. En esa trasposición mecánica y distorsiva también se dejan de lado los contextos y se abusa de metáforas climáticas/geológicas (vientos, olas, ondas) que acentúan las características desmovilizadoras de los anteriores análisis, paradójicamente sostenidos por “optimistas de la voluntad”.

Al mismo tiempo, como la atención se vuelca sobre las militancias más que sobre radios sociales más amplios de adherentes y votantes, parece encontrarse una validación para las tesis que explican el fenómeno a partir de la mimesis con el análisis de casos europeos. Ubilluz (2024), realiza recientemente una tentativa de recomponer la ecuación que describe y explica a las derechas enfatizando el papel del género en países de América Latina por sobre el peso de los motivos xenófobos en Europa. Si bien esa caracterización es discutible, tiene la virtud de apuntar sobre un hecho: la emergencia de un kit explicativo que reproduce para urbi et orbi las tesituras de la ciencia política europea. Y no negamos que, en lo inmediato, este kit señala hechos que sin duda son parte del fenómeno; discutimos las proporciones y las exclusiones presentes en ese canon.

Es imposible negar el componente anti feminista en el caso del voto a Milei, pero también es necesario decir que en una serie de investigaciones recientes (entre las que se encuentra nuestra propia investigación, a la que referiremos en los siguientes apartados) encontramos que la identificación y la defensa de esas políticas era relativamente débil entre los varones de varias generaciones, incluidas las generaciones jóvenes de todas las tendencias políticas y distintos sectores sociales (Calvo, Kessler, Murillo y Vommaro 2024; Semán y Welschinger 2022, 2023). Si por un lado, en un nivel masivo, los jóvenes varones que votaron al peronismo no tenían las cuestiones de género como prioridad (o tenían incluso reservas frente a ellas), pudo verse después de la derrota electoral que en el propio activo militante del peronismo la prioridad de las cuestiones de género abarcó un encendido proceso de “autocrítica”[8]. En el caso del actual gobierno de Milei, también debe decirse que el componente más agresivo contra las políticas de género comenzó a ganar protagonismo luego de la asunción de la presidencia y no durante los meses de la campaña electoral, cuando esto quedaba entre diluido y enmarcado en una prédica general contra el Estado y “la casta”[9].

El componente anti migratorio, muchas veces reivindicado como un denominador común, está presente en el caso de argentina de una forma subordinada; inclusive si se lo compara con la postura respecto de los migrantes de la derecha antes mainstream (Stefanoni 2021b). Esto no implica que en el país no exista un tipo específico de racismo que no se manifiesta bajo la forma del auspicio de políticas anti extranjeros, sino que tiene modulaciones variadas, especialmente en épocas electorales en las que los inmigrantes documentados, un contingente importante para las elecciones locales que apuntalan a los candidatos presidenciales. A su vez, tampoco implica desconocer la existencia de vertientes dentro del gobierno actual que, en la búsqueda de puntos de fricción ganadores frente al progresismo (menos que frente a la sociedad), proponen a veces la necesidad de recuperar la “hispanidad”, mientras que otras lamentan la derrota de las expediciones británicas que invadieron Buenos Aires a principios del siglo XIX (en el Virreinato de Río de la Plata, antecesor colonial de la República Argentina).

De forma inconscientemente análoga a los planteos macartistas de la extrema derecha respecto del “Foro de San Pablo”, se enfatiza el papel de lo que podría concebirse como una “internacional negra”, que subestima el peso de la densidad de la vida social y política interna de los países. Más aún, debería analizarse críticamente todo lo que tienen de análisis elitista de la política las ponderaciones exageradas de las respectivas internacionales. La cercanía social que tienen estos mundos al mundo de académicos y periodistas no debería llevar a desenfocar el papel decisivo que tienen, sobre la formación del voto de la extrema derecha, la evolución política de los distintos grupos sociales, los conflictos derivados de las especificidades del capitalismo en América Latina, y las características particulares del triunfo de estas derechas en la región (que veremos en el siguiente apartado).

Puede que ciertos datos laterales de América Latina ayuden a reforzar las hipótesis que se formulan sobre los casos de Europa occidental, pero estas hipótesis no son necesariamente válidas en su totalidad para el caso de los países de América Latina (tampoco para los de Europa oriental y una parte del mediterráneo, así como tampoco para casos como la India). Frecuentemente se supera este error analítico afirmando que habría “especificidades”. Como decimos en Argentina: “no aclaren que oscurece”. Si se tratara de especificidades, deberíamos creer que se nos habla de una relación de género a especie entre los casos; y que, obviamente, el género es europeo y la especie es latinoamericana. Oposición y jerarquización que resultan inaceptables desde el punto de vista de una teoría histórica que intente superar los límites de la botánica europea del 1700 (si viviera Aníbal Quijano, se quejaría de tanta lectura inconsecuente a cambio de adulación [2014]).

Los presuntos denominadores comunes son falsas sinonimias, elementos que aparecen como iguales en intersecciones extraídas del contexto de configuraciones diferentes al que pertenecen esos elementos (la palabra exquisito, por ejemplo, significa cosas muy diferentes en español y en portugués). Es preciso pasar primero por la mediación analítica que suponen esas configuraciones, para arribar luego a conclusiones generales.

 

Parte II: El continente de la acumulación originaria permanente

La referencia a la singularidad de los casos de América Latina es necesaria debido a dos cuestiones. Por un lado, está la necesidad de superar los efectos de la naturalización de una teoría “botánica” sobre las clases sociales (o sobre las configuraciones en que se da la lucha de clases) que reduce los casos latinoamericanos a especificidades. Por otro lado, la confusión entre lo inmediato (lo que ocurre estos años, por ejemplo) con lo concreto (que es la síntesis de múltiples determinaciones) deriva en percepciones abstractas y empobrecidas, además de caer en las falsas sinonimias que igualan los casos de las extremas derechas. Para superar los efectos combinados de esos análisis es imprescindible recuperar múltiples temporalidades y determinaciones.

La configuración latinoamericana ofrece una característica ya anticipada por la sociología emergente entre los años 1960 y 1980 (Svampa 2016). Autores como Alain Touraine, Fernando Enrique Cardoso, Enzo Faletto, Guillermo O’Donnell o José Nun, mostraron que en la relación entre la heterogeneidad estructural de América Latina y sus vaivenes políticos residía la especificidad de la región vis a vis Europa occidental.

Lo que Touraine (1989) llamaba “el modo de desarrollo latinoamericano” se caracterizaba por la repartición de lo social entre los mundos de la palabra y la sangre; entre un proyecto civilizatorio elitista y excluyente, y un mundo de exclusiones y pobrezas. Las transformaciones del primer tercio del siglo XX dieron lugar a tendencias nacional populares que hibridaron iniciativas de justicia social, participación política, activación del Estado, acompañadas por tendencias autoritarias que produjeron lo que habitualmente se llama “populismo” con una complejidad que el término ha perdido en los últimos tiempos al haberse reducido a veces a diversas formas de la demagogia, y a veces a una simple forma discursiva. Lo “nacional popular” era, en ese contexto, antioligárquico y lo oligárquico era vengativo y sangriento en nombre de la democracia y la libertad[10].

Esta dinámica política asociada al modo de desarrollo latinoamericano transformó, sin desactivar por completo, las dinámicas del Estado oligárquico que caracterizó a la etapa de inserción de los países latinoamericanos en el mercado mundial a finales del siglo XIX. Y de la misma forma, la globalización tampoco desactivó por completo ni la capa más profunda de exclusión originaria, ni la tensión que generó el proceso de modernización que, con todas sus limitaciones, había consolidado niveles básicos de integración nacional y ciudadanía social. Esto se destaca en casos como los de México, Brasil y la propia Argentina. Tampoco lograron transformar definitivamente esas tendencias excluyentes los procesos de contestación al neoliberalismo ni, mucho menos, la globalización.

Así, una primera hipótesis para entender la emergencia de una derecha popular libertaria remite al hecho de que la modernización dualista y la ruptura neoliberal del mercado de trabajo producen un mix de exclusión e individualización (Pérez Sainz 2021), que se configura y reactualiza en el proceso argentino. Estructuralmente la Argentina es una sociedad de pobres ciudadanos (Merkel 2005), de votantes des empoderados y, últimamente, puestos en crisis por una sucesión de crisis económicas (la década perdida de los 80, el neoliberalismo, la crisis de las subprime, los últimos 12 años de estancamiento e inflación).

Esta tendencia excluyente ya no puede realizarse bajo las mismas formas de asalto a las tierras comunitarias, de acaparamiento de las oportunidades de acumulación y tampoco bajo las formas del golpe de Estado y/o los más diversos cercenamientos de la ciudadanía política y social. Para las élites que apoyan a los libertarios los citados son hechos ejemplares, como fundamento de la voluntad actual de atacar los derechos federales, erosionar los derechos de las poblaciones para negociar o desactivar decisiones de inversión que destruyan su hábitat, reivindicar la represión de las dictaduras y la propia “campaña del desierto”, e incluso de darle al régimen político un carácter iliberal (ver Morresi y Vicente 2023). Su ataque a la democracia no es mediante el clásico golpe de Estado con cañón, coronel, comunicado radial y campos de concentración. La sumatoria de la actuación de la clase política, exclusión respecto de las formas más diversas y mínimas de ciudadanía social, pérdidas económicas y mímicas estatales frustrantes, tuvo consecuencias en esa superficie de largo plazo, caracterizada por la individualización y la renovación de las formas de exclusión.

Así ocurrió en Argentina durante la cuarentena sostenida como política de cuidado frente a la pandemia, cuando el Estado propagandizó su presencia con el lema de que “Nadie se salva solo”, slogan que contrastó con una mayoría que debió arreglárselas como mejor podía mientras era testigo de las aberrantes imágenes del privilegio de “los políticos”[11]. La democracia entonces pasó a ser la caja de resonancia para las expectativas frustradas de los ciudadanos más pobres, de sus desencuentros con los proyectos políticos generados por diversas élites; y, por lo tanto, como palestra para el repudio de la clase política, del Estado y de las concepciones simplemente declarativas de los derechos.

El ascenso de Bolsonaro y de Milei justamente revela esta dinámica: la población de trabajadores informales, que escasamente se redujo durante los gobiernos populistas en su fase de auge y se incrementó en su fase de decadencia (Salvia, Poy and Pla 2022), pasó de apoyar a gobiernos más o menos de izquierda a preferir gobiernos de derecha. No fue el de los informales el único apoyo a Milei, pero este fue importante y hasta cierto punto un modelo para la motivación del voto tanto en el funcionamiento social como en la interpretación. Los informales no votaron por motivos exclusiva o mecánicamente económicos. Lo que nos interesará “sociológicamente” es su elaboración, que implicó una actividad interpretativa que es de interés porque operó “políticamente”, produciendo convicciones más allá del segmento económico y generacional (como también han señalado estudios cuantitativos posteriores).

En este desplazamiento opera la capacidad de la derecha para darle una interpretación alternativa a los límites de los procesos populistas de izquierda, e incluso a sus fracasos.  Y todo esto supone “un cambio de régimen constitucional” en el sentido en que Martín Plot despliega las ideas de Bruce Ackerman: el estrechamiento de las garantías sociales de la democracia y, concomitantemente, el de una práctica represiva que precede al ajuste económico y que se basa, hasta ahora eficazmente, en la intimidación de la ciudadanía y en la humillación de los dirigentes opositores. Ya que, como bien sostiene Plot, “un régimen político constitucional no es la relación especular entre un texto o conjunto de textos y su aplicación lineal a la realidad política o jurídica, sino una matriz de sentido que logra consolidarse en el tiempo, un entramado de prácticas, instituciones, sentencias judiciales, piezas legislativas, decisiones presidenciales y discursos sociales aceptables o inaceptables que dominan la vida política, y que lo hacen, usualmente, durante varias generaciones” (Plot, 2020: 12).

Pero si la derecha puede realizar un “cambio de régimen” sobre la base de realizar una interpelación exitosa a esos sectores sociales, es porque el problema de base sigue siendo el mismo que no pudieron resolver los gobiernos desarrollistas, que luego agudizaron los gobiernos neoliberales, y que llegaron como una bomba radioactiva a las sociedades sacudidas por las reacciones de la ola rosa de los inicios del 2000. En el terreno cada vez más amplio y heterogéneo de la informalidad laboral, los agobios de la inseguridad la precarización y la inflación fueron el caldo de cultivo de la emergencia de un candidato de derecha que también aprovecharon lo que todavía es necesario precisar analíticamente y llamamos “individualismo”.

Esta remisión a los análisis clásicos de la sociología de América Latina no es una nota de nostalgia o de pretendido clasicismo. Se trata de reponer un contexto macro en el que se haga evidente la ausencia de conceptos que la internacionalización neoliberal de las ciencias sociales termina produciendo, incluso en sus variantes de izquierdas radicales. El aplanamiento de las singularidades en comparaciones de cuño positivista que buscan semejanzas, leyes y uniformidades, omite algo que es propio de la región con todas sus diferencias y nos ayuda a entenderla más allá de la masividad de la derecha (producto de la convergencia temporalidades de crisis del neoliberalismo conjugada con la del neo-desarrollismo): una y otra vez, en cada giro de la historia las elites latinoamericanas parecen (querer) retornar al siglo 19, a producir de nuevo la acumulación originaria, a mínimos de salario y máximos de mano de obra, a exclusiones lo más amplias posibles. La categorización de capitalismo autoritario que en los años 1970 hacía Otavio Velho para Brasil no era una simple adjetivación, ni válida solo para ese país y ese tiempo (ver Velho, 2014).

Todo lo que hasta aquí narramos, el proceso político latinoamericano y la configuración argentina de ese proceso, nos habilita a que ahora podamos exponer por cuáles motivos los electores jóvenes de las clases populares fueron puestos en posición de identificarse con las radicales propuestas de Javier Milei.

 

Parte III- El mejorismo como subjetividad popular emergente

En la Argentina luego de la pandemia, las corrientes críticas del Estado en los sectores populares que han sido exitosamente constituidas y canalizadas en los años noventa por el menemismo y luego de la crisis del 2008 por distintas variantes antikirchneristas, desembocaron en el proceso eleccionario de 2023 hacia un contundente sentimiento de superioridad moral de la sociedad por sobre el Estado (Wilkis y Semán 2022, Wilkis y Welschinger 2025) que fue capitalizado en esa coyuntura por Milei. Por lo que, si bien algunos trabajos han señalado al mileismo como una novedad ideológica radical en la historia argentina, las posiciones anti-Estado, promercado, liberales, han gozado de apoyo mayoritario en distintas etapas de la historia reciente del país; sin contar que el periodo kirchnerista, al privilegiar el consumo a la ciudadanía, estuvo lejos de revertir la neoliberalización de las vidas. Así, vemos que una serie de interpretaciones sobre las causas del triunfo de Milei (Ramírez y Vommaro 2023, Balsa 2023, Cuestas 2025) dan mayor énfasis al análisis sincrónico de la configuración que al análisis de la dimensión diacrónica, al proceso sociohistórico de conformación de la configuración política en la que el triunfo de la derecha libertaria se nutre de un largo proceso que combina el fusionismo de diversas corrientes (Morresi y Vicente 2023) con la emergencia de la subjetividad popular conectada con la creciente informalidad laboral que aquí analizaremos bajo el nombre de “mejorismo”.

Las personas jóvenes que seguimos para esta investigación[12] comparten visiones sobre el Estado, la política y la economía: identifican como los principales problemas de Argentina la excesiva intervención estatal, coinciden en pensar que existe un “exceso de derechos”, consideran el gasto público como la causa de la inflación y centralmente comparten el hecho de valorar el esfuerzo personal como la única vía legítima “para mejorar” y ascender socialmente. Así es importante aclarar que, en nuestro argumento, la noción de “mejorismo” es el resultado de interpretar los materiales de un extendido trabajo de campo con juventudes de sectores populares a partir del postulado analítico de dar prioridad a comprender los procesos y sus configuraciones, antes que postular taxonomías y clasificaciones abstractas/teóricas. En lo siguiente, con el objetivo de comprender la subjetividad mejorista como emergente, vamos a describir su dimensión reactiva (la triple crítica social) y afirmativa (el emprendedurismo). A su vez, vamos a interrogar el proceso de individualización de los sujetos mejoristas desde un movimiento analítico de “alternancia y ambivalencia” (Grignon y Passeron 1989), que nos permite captar las dimensiones heterónomas y autónomas de esta subjetividad popular emergente. Por último, es igualmente necesario aclarar que adrede decidimos no analizar aquí la subjetividad de los jóvenes militantes libertarios sino a los círculos (más numerosos, pero menos estridentes en el debate público) de jóvenes adherentes al programa libertario, y los motivos a partir de los cuales fue posible que estas juventudes participaran de una demanda política de ajuste, sacrificio y celebración del mercado como el más eficiente (y justo) organizador social.

 

La dimensión reactiva del mejorismo: la triple crítica social

La dimensión reactiva del mejorismo se expresa en la crítica global a la situación del país (que los mejoristas califican como decadencia) y que se compone de lo que referimos como la triple crítica al Estado, la economía y la política. En lo que sigue desarrollamos las posiciones críticas que captamos en la interlocución con los jóvenes que seguimos para esta investigación.

En el trabajo de campo, comenzamos los grupos de conversación con la siguiente pregunta: “¿Cómo pasaron el tiempo de la pandemia?” De modo recurrente esta pregunta inicial tenía el poder de convocatoria que otras preguntas no, y abría paso a una larga respuesta colectiva por parte de los distintos participantes que tenían interés en narrar y reflexionar particularmente acerca del esfuerzo personal y familiar que había implicado sobrevivir a la crisis abierta por la pandemia y las medidas de restricción a la movilidad de la cuarentena establecida por el gobierno nacional. Así, relataron cómo las medidas de cuidado implementadas por el Estado implicaron mayores dificultades para continuar estudiando a través de las clases virtuales, las angustias de no poder encontrarse presencialmente con sus familiares más cercanos, sus amigos y/o parejas, o cómo las medidas afectaron los ingresos de sus familias, imponiendo la necesidad de buscar una vía alternativa para generar dinero. Luego de estas primeras reflexiones y catarsis colectiva, invariablemente los jóvenes comenzaban a desplegar una crítica al estado calamitoso en que para ellos se encuentra el Estado.

La crítica mejorista al “estado del Estado” nace de la experiencia de lidiar cotidianamente con los obstáculos y problemas que surgen producto del estado cada vez más pauperizado de las prestaciones públicas. La crítica al Estado refiere centralmente al impacto negativo que tiene sobre sus vidas cotidianas y proyectos personales la baja calidad de las políticas y los servicios públicos en general: las complicaciones en el acceso a la salud, las condiciones precarias del transporte público, la ineficiencia de la seguridad, las malas condiciones edilicias de las escuelas, aunque también la calidad de la formación recibida en la educación pública.

En este punto es necesario precisar que la mayor parte de los jóvenes no pone bajo cuestionamiento la idea de la existencia de los bienes públicos, o del Estado como actor en la vida social. No es una crítica a que el Estado exista y pueda tener un rol interventor, como sí lo es la crítica libertaria; sino que, por el contrario, se trata concretamente de una fuerte crítica a los efectos negativos que tiene sobre su vida cotidiana que el Estado no les garantice aquello que promete. Así, la crítica mejorista al Estado viene acompañada por una lectura en clave decadentista sobre la situación actual del país: la creencia juvenil en las potencialidades nacionales para convertirse en una potencia global, contrapuesta a la visión sobre la decadencia argentina en el Siglo XX. Y esta visión decadentista encuentra su anclaje y materialización en el juicio del Estado calamitoso.

Durante las conversaciones grupales los jóvenes señalaron que las principales injusticias del país se concentraban centralmente en tres aspectos clave: el trabajo informal y la crisis inflacionaria, la falta de seguridad en los barrios, la discriminación y la violencia de género. En cada caso identifican que es el Estado el que prometió estar presente para solucionar estos problemas, pero que en concreto se revela ausente sobre esas áreas. El papel del Estado en estos aspectos aparecía frecuentemente evocado desde su deber ser (“el Estado debería ocuparse de…”), y a su vez constatado en su ausencia o en su presencia aparente, impostada y a su vez impotente frente a la decadencia. Los participantes de los grupos de conversación detallaban los efectos que la presencia calamitosa del Estado tiene sobre sus trayectorias personales: la crítica al “estado del Estado” se materializa en sentimientos de impotencia que pasa por los cuerpos de los jóvenes, y que ellos viven como impedimentos que el Estado les produce ante la posibilidad de mejorar en sus vidas. La metáfora que surge sobre el Estado como un actor que hace “mímica” de su presencia se vincula y potencia con los usos irónicos de la retórica discursiva que el kirchnerismo construyó sobre el “Estado presente”, con consignas publicitarias como “el Estado en tu barrio” o las difundidas durante la cuarentena como “El Estado te cuida”. Los usos en clave de ironía sobre el “Estado presente” tienen su punto de partida en las expectativas que el Estado mismo generó respecto de sus capacidades para generar bienestar. Esta narrativa del “Estado presente” produjo, entre las juventudes, expectativas que no se ven realizadas: controlar la inflación, garantizar la seguridad en las calles, mejorar las condiciones edilicias de la escuela y la calidad educativa, o solucionar las cuestiones de acceso a la salud en cuanto al tiempo de espera y la calidad en la atención.

En una línea de continuidad con la crítica al “estado del Estado” y a la mímica del “Estado presente”, la crítica mejorista a la economía nace de la experiencia de sufrir la creciente incertidumbre que implicó en la vida de las juventudes la aceleración sostenida del proceso inflacionario. Para comprender los efectos erosionantes que la alta inflación tuvo y tiene sobre la vida de las mayorías populares, es importante aceptar que la inflación no es solo un proceso con consecuencias ruinosas para la economía sino también para la organización de la vida popular. Ya que con la espiralización de la inflación la moneda nacional se ve destruida en su capacidad de fijar precios de referencia, y pierde su función como moneda de atesoramiento (Luzzi y Wilkis 2023), la crítica mejorista a la economía hace foco en el efecto distorsivo de la inflación sobre la posibilidad de calcular y medir cuánto vale el esfuerzo personal, en la imposibilidad para comprender la relación entre ingresos y gastos, en la incertidumbre que introduce no solo en el presente sino también sobre las posibilidades personales y familiares de proyectarse a futuro.

En este sentido, la crítica juvenil a la economía es centralmente una crítica al peso argentino como moneda fallida, pero además veremos que representa una crítica a la dirigencia política que no logra resolver el problema de la inflación; un reclamo a las dos gestiones anteriores de gobierno, Cambiemos (Macri) y el Frente de Todos (Fernandez), que no lograron estabilizar la economía y evitar una nueva etapa de decadencia para el país[13]. Por ello es ineludible señalar que al momento de las elecciones presidenciales en 2023, la situación socioeconómica se encontraba signada por un prolongado periodo de “estanflación”: caída de la actividad económica junto con crecimiento de la inflación mensual en torno al 12%, e interanual superior al 180%.

La crítica a la economía también nace del sufrimiento juvenil de no poder poner a rendir el esfuerzo personal en la misma medida que las generaciones anteriores, que en una situación económica menos caótica (el periodo de ocho años en la post convertibilidad luego de la crisis orgánica de 2001 en que Argentina recupera tasas de crecimiento económico) lograron acceder a un trabajo estable tanto como acceder a bienes de capital durables, como lotes o viviendas, que les posibilitaron lo que a esta generación le fue negado: salir de la casa familiar, ganar independencia económica como individuos. Por este motivo, en la generación actual (que en otro trabajo calificamos como “generación pandémica”, ver Ferro, Semán y Welschinger [2024]) se encuentra extendida la percepción de encontrarse en peores condiciones que las de sus mayores. De esta consternación colectiva, que muchos identifican y nombran como “el estigma de la generación”, también nace la conciencia de la injusticia de sufrir sobre sus trayectorias personales el peso de la decadencia e incapacidad de la dirigencia política para gestionar el rumbo del país ante la crisis.

La crítica mejorista a la política surge de una desilusión generalizada con las dos grandes coaliciones que gobernaron el país luego del 2001 y siendo oficialismo no lograron cumplir sus promesas de campaña. Tal como lo demuestran los análisis del resultado electoral a favor de Javier Milei (Zuban 2024), un alto porcentaje de votantes menores de 30 años respaldaron al candidato libertario. Esta frustración acumulada, derivada tanto de la mala experiencia con el Estado como de la crisis inflacionaria, ha llevado a una visión de “la política” como un grupo social claramente diferenciado del resto de la sociedad. Para los mejoristas, “la política” se percibe como una clase que se beneficia de los privilegios que se auto-generan al administrar los recursos públicos, actuando exclusivamente en función de sus propios intereses. En esta percepción juvenil, “los políticos” son considerados una alteridad radical, ya que representan al único sector que se beneficia de un ascenso social mientras el resto de la población enfrenta dificultades económicas. Como consecuencia, se les ve como un grupo apartado tanto del estilo de vida, las capacidades de consumo y los valores morales de la mayoría de la sociedad.

En las conversaciones grupales que entablamos durante los meses previos a la elección presidencial, distintos episodios y escándalos públicos que han ofrecido los dirigentes argentinos de los últimos dos oficialismos fueron frecuentemente citados por los jóvenes como pruebas concretas de la existencia de los privilegios de “la casta política”. La suma de todas estas percepciones resulta en que, para los mejoristas, “la política” está siempre bajo sospecha de derivar en “un robo” de los frutos del esfuerzo personal y familiar de la sociedad. Los jóvenes con los que trabajamos reivindican la superioridad moral de aquellos que sobreviven en el mercado (la sociedad, los emprendedores, los empresarios), sin depender de ingresos de algún modo provistos por el Estado. La sociedad es vista como el ámbito de los individuos y lo privado o eficiente, por sobre el Estado visto como el ámbito de la casta y lo público o deficiente (también en términos morales, definido como corrupción de lo público).

 

La dimensión afirmativa del mejorismo: la superioridad moral del emprendedor

El “mejorismo” es la subjetividad popular emergente que afirma la autonomía individual de las personas frente al Estado y los políticos, que adscribe a una lectura decadentista de la crisis histórica del país pero que aún sostiene la convicción de que el ascenso social en Argentina es posible. Sin embargo, estos jóvenes ya no consideran que dicho ascenso social sea posible por los canales de integración que resultaban legítimos para la generación de sus mayores, sino que expresan su fe en el esfuerzo personal y la liberación del espíritu emprendedor como única vía para hacer realidad esas mejoras en sus vidas. Por ello, los mejoristas conciben a cada individuo como una unidad productiva siempre optimizable, y sirviéndose de recursos simbólicos que se apropian de las retóricas del management y el coaching empresarial, la autoayuda o la new age, se auto imponen estrategias educativas, laborales o económicas, para mejorar sus propios rendimientos. Se perciben a sí mismos, y a los otros, mediante las categorías de evaluación del mercado[14].

Entre los jóvenes programadores, inversores en criptomonedas, trabajadores en aplicaciones de reparto y/o freelances, que seguimos en nuestra investigación, hallamos la expansión de un lenguaje económico/monetario con el cual describían su propia experiencia en cada vez más dimensiones de sus propias vidas. La adquisición de este código implica la adopción de categorías y concepciones económicas, provenientes del léxico neoliberal y del marketing empresarial que ganaron terreno con su presencia en Tik Tok e Instagram; aunque ya estaban presentes desde antes, en una literatura masiva que para esta generación representa un mundo de clásicos (Semán 2021).

Veamos la experiencia de Juan, uno de los jóvenes que seguimos desde la pandemia para esta investigación. Su caso nos muestra estas conexiones axiológicas y procesos de individualización de los “mejoristas” con una riqueza ejemplar, y nos permite sustentar una serie de acotaciones clave para entender los carriles de la experiencia juvenil, así como su potencial de conexión con la convocatoria política del libertarianismo. Juan tiene 21 años, y desde hace tres años trabaja como programador “freelance”. Cuando cumplió 18 años y terminó la escuela secundaria en su ciudad natal en el interior de la provincia de Buenos Aires, Juan decidió que para progresar en su vida como adulto debía concentrar toda su energía en mudarse a la capital federal para comenzar a trabajar como desarrollador de software. Juan se define a sí mismo con una palabra en inglés: un “dreamer”. Al no contar con mucho dinero para la mudanza, la ayuda por parte de su familia era limitada y solo le alcanzaba para costear el traslado. Durante el primer año se instaló a vivir en una habitación de pensión en una zona de las más pobres de la ciudad y comenzó a trabajar en un Call Center. Una vez viviendo en Buenos Aires, Juan decidió “invertir en mí mismo todo mi dinero, y buscar los mejores bootcamps de programación para aprender y volverme un programador junior”. Su sueño era conseguir trabajo como informático para una empresa extranjera, que le permitiera comenzar a viajar como “nómada digital” por distintos países de Latinoamérica. Para aprender a programar en el lenguaje Python, Juan comenzó optimizando sus tiempos de estudio: se levantaba a las 6.30 am (sostuvo el horario de la escuela secundaria), aprendió y empleó técnicas de estudio y relajación para sostener el ritmo y la exigente cantidad de horas de trabajo. “Pomodoro, Pomodoro” repite Juan, cuando nos explica la técnica de aprendizaje que consiste en combinar 40 minutos de concentración con 12 minutos de relajación, utilizados para ir al baño o para practicar su tarea de inglés, y en los que buscaba cambiar de postura corporal para sostenerse luego más horas sentado trabajando. Así, por consejo de los miembros de un grupo de facebook llamado “Tu primer trabajo en IT” en el que comenzó a participar, Juan decidió orientarse “a aprender por práctica y no leyendo la teoría” dándose un método: “lo que hice -explica Juan con orgullo- fue dormir seis horas, que es lo mínimo recomendable, comí mucho, mucha comida integral por el tema de los carbohidratos complejos, y estoy estudiando con la técnica de pomodoro. Pomodoro es una técnica de estudio para lograr trabajar más y mejor. Estar 100% concentrado en el trabajo hace todo más eficiente. Y creo que leer autoayuda me sirvió para entender que dispersar la cabeza también es necesario para trabajar mejor. O sea, si alguien hace esto de dispersar la cabeza leyendo antes de dormir o cocinando, haciendo otra cosa que no tenga una pantalla, tiene que pensar que no perdió tiempo, sino que pudo hacer esa inversión en sí mismo para trabajar mejor”.

Como puede verse, para Juan, así como para muchos otros jóvenes mejoristas, la motivación es un bien, buscado específicamente para una situación y un bien específico, y los discursos que circulan por las redes difundiendo los principios de la literatura de autoayuda le ofrecen algo que no haya ni en la escuela, ni en padres o amigos, ni en la educación terciaria o con sus empleadores. “Leo mucho de autoayuda. Se que está mal decir que me mantiene motivado, pero me mantiene motivado. Porque el tema de la disciplina es super importante: estudiar Python es disciplina, la tengo, pero también la clave es estar motivadisimo. O sea, hay que lograr que sientas que se te alinean los astros, porque hay veces que no tenes ganas. Mira que te vas a levantar a las 6 am y no decir ‘todavía es de noche ¿qué mierda estoy haciendo?’. Entonces ahí trabajas la motivación. La historia que estoy leyendo ahora se llama El monje que vendió su Ferrari. Es algo muy bueno, que prácticamente disfraza buenos hábitos en una historia. Yo creo que [la clave] es disciplina y mucha motivación. Es como dice este libro que estoy leyendo, ‘la vida es conocimiento, más habilidad, ¡multiplicado por la actitud’. ¡Yo creo mucho en eso! La actitud de querer seguir adelante, de querer aprender, de tener ganas de lograr lo que me propuse. Esto es algo que se usa bastante en la autoayuda cuando querés superarte vos mismo: si yo te digo que lo voy a hacer, lo voy a terminar haciendo por un tema de promesa. No de promesa, porque en realidad si yo te prometo aprender Java en un mes no lo hago; es porque me lo prometí a mí mismo. Lo hacés para demostrarte a vos mismo que podés mejorar por tu propio esfuerzo”.

La experiencia de Juan nos deja ver la manera en que se extiende entre los mejoristas la posibilidad de concebirse a sí mismos como unidades productivas siempre perfectibles. Su uso de productos culturales como la autoayuda respeta una valoración del tiempo en sintonía con las lógicas del mercado, y facilita que los lectores adopten prácticas en boga para organizarse en sintonía con las exigencias actuales de ese mercado en cuanto a constancia, concentración y disponibilidad. La antigua delimitación entre tiempo de trabajo y tiempo de ocio pierde sentido frente a una concepción en la cual el uso del tiempo de no-trabajo, de relajación o dispersión, está programado y justificado (libre de culpas o reclamaciones) sólo bajo su concepción en tanto que insumo de técnicas y procesos mediante los cuales alcanzar resultados más eficientes para la autoproducción de un “yo” como unidad económica hiper eficiente (Nehring y Röcke 2023). Lograr motivación frente a las recurrentes frustraciones que producen las exigencias autoimpuestas por el emprendedor que busca su propio éxito es central, incluso cuando este éxito sea conseguir ser más empleable, más competitivo para el mercado laboral, no solo lograr “ser tu propio jefe”.

Por todas estas razones y críticas, los jóvenes mejoristas no creen que su vida personal pueda mejorar a través de políticas públicas, de la acción del Estado y las instituciones políticas, sino que creen que las cosas pueden mejorar liberándose de esas regulaciones. Estos jóvenes creen que pueden mejorar sólo a través de poner a rendir sus esfuerzos personales. Autonomía y bienestar personal, optimización del yo y emprendedurismo, son procesos subjetivantes que se activan en el proceso de individualización de los mejoristas.

 

Mejorismo y mileismo: ¿relaciones coyunturales?

Volvamos a insistir en una distinción analítica clave de nuestro argumento: el mejorismo como subjetivación popular no es bajo ningún concepto reductible al mileismo o al libertarianismo, sino que antes que una posición política se trata más bien de una forma de concebirse que implica comprenderse cada uno a sí mismo como proveedor, y en ese contexto como agente del mercado; y en ese marco, no antes, en una unidad productiva que debe calcular y lograr la eficiencia que, por diversas circunstancias laborales pasadas o presentes, enfatiza sobre la autonomía individual combinada con una desconfianza crítica respecto del Estado y de la política.

Entonces, si bien las juventudes mejoristas distan de estar “ideologizadas” del modo global y doctrinario en que los ideólogos creen que existen las ideologías, efectivamente poseen un ethos y un pathos que puede recibir con empatía la prédica libertaria pero no únicamente a ella; lo cual no implica ceder a la dicotomía de que los progresistas deben, o bien tomar nota de ese cambio, o bien explotar la polisemia de esa situación. “En Roma como los Romanos”, y a la nueva plebe con los lenguajes de la nueva plebe; o sea, la combinación de alternativas, sin impostura ni vampirizaciones simbólicas guiadas por publicistas, y sin interpelaciones etnocéntricas de esas condiciones, que es algo en lo que las distintas variantes de progresismo han incurrido a lo largo de las últimas décadas. La política no puede basarse en el gesto de las madres de adolescentes, que en busca de conciliación adoptan el gusto musical de sus hijos.

Entonces ¿en qué condiciones y cómo se produjo la conexión entre la crítica mejorista y el programa libertario en el proceso político argentino, y en la coyuntura abierta tras la victoria electoral de Javier Milei? Durante los tres años que van desde el inicio de la pandemia en 2020 hasta la campaña electoral de 2023, la conformación y masificación de los liderazgos libertarios se constituye a fuerza de abordar los temas y problemas públicos que venían siendo negados o ignorados por el kirchnerismo y el macrismo, las dos fuerzas ex oficialistas. Así, es posible trazar una conexión, no lineal pero sí concreta, entre las propuestas del programa libertario y cada una de las demandas que surgen de la triple crítica mejorista[15].

En primer lugar, lo que en el programa de Milei es “motosierra” en contra el Estado y el gasto público, contrasta y a su vez conecta con la crítica mejorista que demanda eficiencia en la intervención estatal. Esto implica establecer mejores criterios de merecimiento para los recursos públicos, y no un Estado al servicio de los privilegios de la dirigencia política. Entonces, si bien esta posición crítica hacia el Estado no tiene el mismo carácter ni radicalidad que la crítica doctrinaria desplegada por los libertarios durante la campaña electoral, en torno a la existencia del Estado y su rol en la vida social -Milei sostuvo en reiteradas ocasiones que “el Estado es una asociación criminal”-, si sucede que estas críticas convergen en identificar al Estado como fuente del problema, la sospecha y el obstáculo. En este sentido, las consignas libertarias de “motosierra al gasto del Estado”, o “ajuste contra los privilegios de la casta política”, lograron resonar en la sintonía crítica de los jóvenes y conectar con la sensibilidad mejorista que, como vimos, cobra una modulación singular contra la “mímica estatal”.

“Quizás se necesita menos Estado, pero más calidad del Estado. Que el Estado tenga controles de calidad. A veces, menos, es más. Que a la persona contratada por el Estado se le exija trabajar de la misma manera en cualquier lugar privado, como si trabajara para una empresa. Según las condiciones de contratación, nada por fuera de eso. Que haya control y transparencia de cuánto se trabaja, que el gobierno ponga más cámaras de control, más tecnología para controlar quién trabaja. Porque haciendo un control podés sacar más rédito del trabajo de los empleados públicos, acortando gastos y pudiendo utilizarlo para otras cosas más útiles, como las inversiones. Te pongo un ejemplo: mi papá es chofer del Estado. Muchas veces no lo ayudan económicamente, lo hacen viajar 8 hs para ir a buscar a un funcionario. Le prometen que le van a pagar el hotel y la comida, pero lo termina pagando él de su bolsillo. Creo que, en vez de mentirle, podrían ayudar en serio. Él sí que está trabajando, cansado, y no lo ayudan. Tiene que poner la plata de su bolsillo, muchas veces pagando la nafta. Mi papá va a trabajar todos los días y los demás compañeros de él no aparecen. Creo que hay que hacer una búsqueda más minuciosa de los ñoquis, y ver quién está trabajando realmente y quién está ganando plata por aparecer o en realidad por desaparecer, por ser familiar de alguien en la política. Acortar un poco eso es lo que veo que dice Milei, cuando se pone como loco mostrando una motosierra en la televisión. Con eso que se puede ahorrar del Estado se podría sustentar los proyectos privados, buenas inversiones. No estoy de acuerdo con que haya tanto gasto” (Agustina, 26 años, La Plata, Buenos Aires).

En segundo lugar, la propuesta de Milei para dolarizar la economía presentada como la mejor salida al laberinto de la inflación logró adhesión entre las juventudes, al conectar con su demanda de previsibilidad y futuro. El apoyo a la propuesta[16] no se explica entonces solo por el malestar y “la bronca” contra los efectos de la inflación, sino porque desde este punto de vista juvenil el dólar sería la moneda de los emprendedores y el peso la moneda de la casta parasitaria. La dolarización de la economía argentina sería la consagración de la superioridad moral de los emprendedores, y su demanda expresa públicamente la crítica mejorista al Estado y la clase política.

“Para mí lo mejor sería apoyar un proyecto de una persona o de un grupo de personas sin estar impidiendo que progresen, creo que Milei puede hacer que funcione un poco más la economía para la gente que se anima a emprender. Para exportar más, para eso la dolarización, para emprender. Hacer que ingresen más dólares al país. Apoyar esos proyectos. Porque con tanto de impuestos que pone la política… muchos proyectos mueren rápidamente. Cualquier proyecto: vender zapatillas, si querés vender al exterior, exportar, vender camisetas, vender vino, todo muere. La gente del gobierno con tanto impuesto te lo impide, y ahí se estanca todo. Sigue subiendo la inflación, que se termina comiendo lo que ya hiciste, y no mejorás. Por eso Milei propone el dólar, para pensarlo desde el lado del que trabaja, y darle más libertad a la gente para que pueda hacer sus propios proyectos y mejorar laburando todos los días” (Valentino, 23 años, Florencia Varela).

En tercer lugar, la propuesta de rebelarse y luchar contra “el modelo de la casta política” logra una conexión con la crítica mejorista al Estado y la economía: entiende la Libertad como la lucha contra las regulaciones, e imagina un futuro libre, post-casta y post-estatal, en el que el esfuerzo personal se libera de esos lastres y encuentra su realización en el mercado. Allí, gracias a los mecanismos de la competencia entre la oferta y demanda, cada individuo obtendría lo que justamente se merece de acuerdo a los esfuerzos personales que realice. La convocatoria de la derecha libertaria sobre el esfuerzo personal como única clave de éxito, el espíritu emprendedor como el motor del progreso en la historia personal, y la competencia como autorregulación perfecta del mercado, logra conectar con el sentimiento de superioridad moral del mejorismo acerca de la casta. Las juventudes mejoristas, al reconocerse como emprendedoras de sí mismas, cuyo único e insustituible capital es la maximización del esfuerzo personal, se enfrentan moralmente contra toda figura que consideren que viven de parasitar el esfuerzo ajeno. Estos parásitos serían quienes viven del dinero público, ya sea bajo la forma de subsidios, planes sociales, empleos, funciones o cargos políticos. En franca contraposición moral contra “el modelo de la casta”, estas juventudes entienden que lo principal para ellos es automotivarse y mejorarse, mediante la maximización del esfuerzo y la autosuperación.

“Para dar un ejemplo del negocio que la política hace con nosotros, te doy un ejemplo vinculándolo con el tema deporte: estábamos con mis amigos mirando viajes a Córdoba, porque jugaba Boca allá, y vimos que la cantidad de impuestos era mayor al costo del vuelo. Quizás salía 25.000 pesos el vuelo, pero terminaba saliendo 57.000 porque tenía más de 100% de impuestos. Creo que eso te limita totalmente: tenés que pagar el doble para hacer algo que en realidad saldría la mitad. Están desmedidos los muchachos de la casta. Tenés que pagar el doble para viajar, ¡y tendrías que pagar la mitad! Son vampiros, chupa sangre… Con ese ejemplo creo que se explica lo que te quiero decir: este modelo te impide muchísimas cosas no sólo con los vuelos, también cosas necesarias, un par de zapatillas, ropa, un aparato, un electrodoméstico. Son cosas que necesitás para vivir, básicas, que te terminan saliendo muy caras por los impuestos. No debería ser así porque es algo que vos necesitás en el día a día. Otro ejemplo, traer cosas de otro país: en su momento era un 30% más un 35%. Entonces estás pagando el producto un 70% más; o sea, casi de vuelta el valor del producto. Tener que esforzarte dos veces para comprarte algo que deberías poder conseguir con el esfuerzo que ya hacés. Siempre te cobran impuestos para los políticos, no son por costos económicos” (Juan, 23 años, Berisso, Buenos Aires).

Todo esto demuestra que las ambivalencias latentes en las demandas de las juventudes mejoristas fueron definidas por la interpelación libertaria en dos sentidos complementarios: la impugnación al modelo de la casta primero, conteniendo bajo ese nombre a los elementos de la triple crítica, y luego la afirmación de la libertad personal como única vía legítima para el progreso.

Así, tanto en la coyuntura electoral como durante los primeros meses de gestión, un poderoso núcleo de sentido de la crítica mejorista con el que las figuras libertarias lograron conectar/interpelar fue el eje puesto en el esfuerzo personal, como criterio de merecimiento y ordenador de las jerarquías sociales. El esfuerzo personal y todas las implicancias morales en torno a las disputas por cómo se lo reconoce, cómo se lo valora y cuantifica su rendimiento, son objeto central y constante de la reflexividad y moral mejorista. Las demandas por el reconocimiento y la monetarización del rendimiento producto del esfuerzo personal, como vía legítima para mejorar y ascender socialmente, son el núcleo ideológico que compone la triple crítica social juvenil: para criticar “el Estado del estado” los jóvenes evalúan en qué medida las políticas públicas, los derechos y las regulaciones oficiales potencian u obstaculizan sus proyectos personales y familiares; para criticar la crisis económica los jóvenes evalúan qué rendimiento tienen sus esfuerzos laborales en una situación de alta inflación, e identifican al Estado y a la casta política como los responsables de la incertidumbre. Para criticar a la dirigencia política, evalúan si los representantes vampirizan los esfuerzos de la población para reproducir el régimen de privilegios de una élite.

El reclamo por la libertad y el reconocimiento del status del esfuerzo y la libertad personal son el eje articulador de la crítica mejorista, y el mileismo se consolida como su principal intérprete.

 

Conclusiones

Hasta aquí sostuvimos que el triunfo de Javier Milei en Argentina no solo representó el emergente de una crisis de representación política sino también el de una crisis de comprensión por parte de las ciencias sociales acerca del tipo y sentido de transformaciones que vivió la sociedad argentina en las últimas décadas. Así, podemos sintetizar la crisis de comprensión como resultado de cuatro movimientos analíticos errados: 1) una noción confusa de qué significa metodológicamente “comprender”, 2) una invisibilización de la historia social de América Latina, 3) que conduce a tomar los procesos europeos como etapas del desarrollo universal de las derechas, y 4) a presuponer concepciones de sujeto popular abstractas en los análisis de los procesos políticos.

Partamos entonces de reponer que comprender sigue siendo una tarea. Comprender no tiene nada que ver con justificar, y comprender es una palabra demasiado decimonónica como para dejarla pasar sin una aclaración (tal vez un poco escolarmente): comprender no es una actividad empática, ni telepática, ni ajena a una teoría que entiende que lo interpretado como signo es el resultado de una batalla social, de unas relaciones de fuerza simbólicas, más o menos sedimentadas cuya tensión aparentemente sepultada también debe ser expuesta por el hermeneuta. Tan temprano como Derrida (1967), también Touraine decía que no se puede hablar de valores sino de disputas por el sentido de una historicidad y su traducción en normas. Pero nada de esto nos dispensa de la necesidad de asumir que nuestra tarea debe poner en el centro la perspectiva del otro: todo lo que ésta sea interferida por el discurso que los interpela y constituye, pero sin confundir ese hecho y su resultado transitorio con un supuesto hecho, el posicionamiento de los votantes de Milei o de cualquier otra alteridad, es transparente y no requiere para su interpretación de más maniobras que mostrar cuánto nos duele y nos ataca. Comprender, en términos más actuales, exige reponer la violencia simbólica que constituye a las subjetividades; pero esto no es equivalente a pensar que comprender sea desmentir el registro de lo imaginario (en sentido estrictamente lacaniano). A esta confusión, muchas veces defendida de muy mala fe a través de dos ataques: las versiones que señalan lo que supuestamente defendemos (la comprensión como empatía, cosa que no hacemos), como en versiones posestructuralistas que podrían adjudicarnos el olvido de las interlocuciones asimétricas en que se forma “la conciencia mejorista” se le superpone otra… cosa que tampoco hacemos, y por eso mostramos las fuentes de formación de la subjetividad mejorista de modo empírico, inmerso en el proceso socioeconómico.

Esta posición es derivada de las condiciones del trabajo académico, donde se incentiva una internacionalización que por “naturaleza” es asimétrica (una asimetría que no debería interesar menos). Todas las asimetrías que se denuncian negadas en el campo de los hechos sociales, en cambio, se niegan en el campo de la construcción de proyectos, en el marco de internacionalizaciones exigidas curricular y materialmente. Se establecen las derechas del Norte y las críticas del Norte, especialmente las de Europa occidental y EE.UU, como un género respecto del cual todo es particularidad: “la excepción que confirma la regla” o “el caso negativo” de la muestra. En vez de producir contrastes que se iluminen recíprocamente, por ejemplo América Latina y Europa, se procede a universalizar lo sucedido en esta última; por la doble vía de instaurar el fenómeno local como el patrón, y la de postular un factor global que obviamente tiene centro ciclónico en el Norte y que se reparte como un viento o una ola en el resto del mundo. Por ello sostenemos que la crisis de comprensión se nutre al mismo tiempo de sub-análisis y sobre-análisis de los hechos empíricos. Las derechas surgen verticalmente de factores sobreponderados y sobreanalizados en los países centrales: de las redes sociales, de las alianzas internacionales y de los ideólogos, y se imprimen en tabulas rasas. Por lo tanto, no surgen de procesos políticos y sociales (sub-analizados), sino de hiper agencias irrefutables[17]. Esto resulta de interpretar sobre la interpretación de otros casos y configuraciones, como si fuesen patrones a los que hay que ajustarse, con el agravante de que estos patrones omiten las singularidades de América Latina y por ende desde el punto de vista de la relación epistemológica, coloniales, importaciones, eurocentrismos.

Estas confusiones están en el seno de lo que llamamos crisis de comprensión de las ciencias sociales. Pero no son sólo relativas a este nivel epistemológico tan general. También se expresan en decisiones interpretativas que implican problemas epistémicos específicos: las nociones de sujetos populares, implícitas en los análisis y cálculos sociológicos, sobre la imposibilidad del triunfo de una derecha radical a la vez que popular. En su ya clásico argumento contra el legitimismo bourdiano[18], Grignon y Passeron (1991: 60) plantearon la hipótesis de “la ambivalencia de todo simbolismo y de toda práctica de las clases populares”, que nos invita a sostener su pregunta: a la hora de analizar los sujetos populares: ¿no encontraríamos prácticas, narrativas, estrategias, simbolismos que se dejan construir como hechos autónomos o hechos heterónomos, indiferentemente? (1991: 61). Captar la ambivalencia constitutiva de las prácticas populares debe implicar lo que los autores llamaron un movimiento de alternancia en la tarea de descripción: dar cuenta de la dimensión autónoma (sin caer en la deriva populista de afirmar la potencia soberana de lo popular) y, al mismo tiempo, de la dimensión heterónoma (sin caer en la deriva del miserabilismo que solo describe lo popular por su carencia o como producto degradado de lo legítimo-dominante). Con ello Grignon y Passeron alertaban que las derivas “románticas populistas” se tocan en el extremo con las derivas “miserabilistas”. Frente a estos desafíos analíticos, su salida es la complejización de la noción de sujeto popular a través de la alternancia y la ambivalencia como procedimientos interpretativos. Así, sosteniendo la necesidad de vigilar epistemológicamente las nociones de sujeto puestas en juego por los analistas cuando se trata de interrogar a las culturas populares, en nuestra investigación desarrollamos un ejercicio de descripción y comprensión con el objetivo de captar la compleja ambivalencia presente en el mejorismo. Por un lado, sus demandas se podrían analizar como demandas de democratización (reclaman mejor calidad estatal, crecimiento y estabilidad económica para sus familias y mejor calidad en la representación política de sus intereses), pero al mismo tiempo esas demandas alimentaron el crecimiento político de las fuerzas de derecha libertarias que capitalizaron este criticismo para legitimar su programa radical y excluyente.

Entonces, nuestra formulación de la noción de «mejorismo» es resultado de la intersección de puntos de visitas conceptuales y juveniles: un trabajo empírico de decodificación del campo semántico de una sensibilidad juvenil emergente en su ambivalencia. Las categorías mediadoras que nos permitieron elaborar esta noción (progresar, mejorar, bienestar y autonomía personal) están presentes en las experiencias juveniles aquí tratadas en extenso, tanto como en la recuperación conceptual de una mirada sociológica relacional atenta a un análisis de las relaciones de fuerzas simbólicas en la sociedad. Lograr comprender las formas de individualización de las juventudes mejoristas requiere de estas mediaciones analiticas, si queremos evitar tanto la deriva populista de celebrar acríticamente la rebeldía plebeya anti-estatista, como a la deriva miserabilista del pueblo engañado por la manipulación de las redes, las fakes news y los falsos profetas. Mientras la deriva miserabilista niega la agencia de los sujetos como sujetos de protesta, la mirada populista romantiza un modo de agencia que no existe.

En los últimos diez años del siglo XX en Argentina se forjó, entre el periodismo, un sector de la academia y la clase política, una versión de la historia argentina que daba por irreversible el orden neoliberal. Con diferencias que hacían a izquierdas y derechas, había un relato de la historia nacional que sólo era marginalmente cuestionado en el tópico “superación del nacionalismo”. El consenso era tal que, cuando el nacionalismo reapareció durante los últimos años de esa década en el mercado de la cultura y del under al mainstream, siendo la tierra fértil de los gobiernos del inicio del siglo XX, las elites culturales quedaron desorientadas. Con el triunfo de Milei ocurrió un movimiento de signo contrario, pero de idéntica estructura: las élites culturales de la época del kirchnerismo (no solo las kirchneristas) creyeron que por haber oficializado su punto de vista en medios masivos públicos, en el Estado, en la formulación de políticas culturales y educativas, eran hegemónicas y no podían ver si no asombradas que las instituciones sagradas de la trama hermenéutica de la sociedad argentina sean hoy ofendidas o directamente ignoradas por un sentido epocal nuevo. La crisis de comprensión se constituye como tal toda vez que se ignoraron las transformaciones, que describimos a través del análisis del mejorismo de los jóvenes. Esta crisis progresó y se radicalizó siempre que se tuvo noticia de ello y se reaccionó con una crítica trascendente. Todo lo contrario de lo pertinente al proyecto crítico: la crítica como ejercicio de castigo, o como condescendencia paternalista.

 

[1] A lo largo del texto brindamos al lector notas, referencias contextuales y análisis sobre el proceso político-electoral argentino que condujo a la victoria de Javier Milei, quién suele ser presentado en los medios internacionales (The Economist, Wall Street Journal, Financial Times o New York Times) como “el primer presidente liberal libertario del mundo”. Para un análisis de la votación y la distribución del voto en favor de Milei entre las juventudes y la población de las provincias argentinas más pobres, remitimos a Abal Medina (2023), Antenucci, Terrádez, y de Janín (2024), Murillo y Oliveros (2024), Zuban (2024).
[2] En Argentina el proceso electoral de 2023 se extendió a lo largo de varios meses, implicando la convocatoria para votar en tres instancias diferentes que sumieron al electorado en un prolongado clima de campaña y debate proselitista. La primera instancia de votación fue en el mes de agosto para las PASO (Primarias Abiertas Simultáneas Obligatorias), en las que para sorpresa de los analistas la fuerza política encabezada por Milei consiguió con el 30% la mayor intención de votos. La segunda instancia transcurrió dos meses después, en octubre, con la primera vuelta electoral. Finalmente, la tercera instancia de votación sucedió en noviembre, en un balotaje que consagró la victoria de Milei con el 56% de los votos; más de diez puntos de diferencia por encima del candidato peronista Sergio Massa, quien al momento era el ministro de economía.
[3] Cambiemos es la alianza entre la Unión Cívica Radical -un partido de centro o de centro derecha- y uno de la derecha hasta ese momento mainstream (el PRO) liderado por el expresidente Mauricio Macri, quien ganó en 2015 las elecciones como candidato de esa alianza y luego fue derrotado en 2019 por la fórmula Fernandez-Fernandez de Kirchner.
[4] Argumentos que ya habíamos presentado tiempo atrás en un escrito conjunto en Le Monde Diplomatique (Semán y Welschinger, marzo 2022), en una intervención en 2018 sobre la bolsonarización de Macri y, diez años antes, en un breve escrito político en el diario Página 12 (“Un sujeto en plan de nacer”), subrayando la debilidad del consenso distribucionista y estatista ante el reclamo de libertad cuya polisemia evidenciaba capacidad de vertebrar una alternativa radicalmente opositora.
[5] Luego de Macri, producto de la también frustrada gestión del FdT, el presidente Alberto Fernandez declinó (también por primera vez para un presidente en ejercicio luego del retorno democrático) la posibilidad de aspirar a presentarse a la reelección. En consecuencia, el por entonces ministro de economía Sergio Massa fue ungido candidato del nuevo frente electoral llamado Unión por la Patria (UP), además de convertirse en la principal figura visible del gobierno del FdT durante su último semestre.
[6] En una revisión de la producción académica pre 2023 en relación a la figura de Milei, Retamozo y Schuttenberg (2024) encuentran, de modo coincidente con nuestras lecturas previas (Semán y Welschinger 2023), una serie de producciones que, aún sin ser análisis que tuvieran como objeto su centralidad electoral, alertan sobre la tendencia a la masificación del ideario libertario a través de su performance en los medios y el espacio público: la introducción y caracterización a las ideas “paleo libertarias” promovidas por Milei que realiza Stefanoni (2021), las exploraciones de Kessler, Vommaro y Paladino (2022) sobre su influencia en las redes sociales, y los análisis sobre su performance pública e incidencia en las juventudes por Vázquez y Cozachcow (2021) y Vázquez (2022).
[7] Nunca se insistirá lo suficiente en aquello que le da título a un texto de la antropóloga brasileña Claudia Fonseca (1999): “un caso, no es un caso”. Un caso no es un caso de una serie estadística, sino, una individualidad en un nivel y en otro parte de una tendencia histórica, que a su vez tiene su propia individualidad no desde un N estadísticamente confirmatorio de una ley general.
[8] La propia ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner, luego de haberse aproximado a los lenguajes y las estéticas feministas en 2017, planteo en 2024 que ella no era feminista y en distintos círculos peronistas, incluso militancias juveniles, aparecieron gestos que fueron desde la distancia irónica hasta la “necesidad de la superación”.
[9] Al señalar que el antifeminismo no fue utilizado por Milei como clivaje discursivo protagónico durante los meses de la campaña electoral y que (como veremos en el siguiente apartado) entre los círculos de las juventudes adherentes a su candidatura el antifeminismo no ocupaba la misma centralidad que “la crítica a la economía, el Estado y la casta”, no estamos de ningún modo negando que el antifeminismo haya sido clave para la militancia juvenil libertaria más ideologizada. Este componente antifeminista de las publicaciones de figuras destacadas entre la militancia libertaria como Agustin Laje y Nicolás Marquez ha sido analizado por Saferstein (2024) quien describe cómo, tanto en sus libros y producciones editoriales (Saferstein y Stefanoni 2023), como entre la recepción de sus lectores (Saferstein y Goldentul 2022; 2024), el feminismo es visto y rechazado como “ideología de género”, y por lo tanto combatido como “marxismo cultural”. Así, es ineludible que para los grupos de militantes libertarios dar “la batalla cultural” y rebelarse contra el corset de “lo políticamente correcto” (Stefanoni 2021) tiene un punto nodal en el enfrentamiento contra la visión de la sociedad y la justicia de los feminismos (Vázquez 2023); en particular la posición en contra de la interrupción voluntaria del embarazo.
[10] Este mismo punto fue subrayado por autores que, como Guillermo O’Donnell (1997), jamás podrían ser etiquetados como “populistas”.
[11] Durante el primer año de la pandemia en 2020 con las rígidas medidas de conteción en el marco de la cuarentena, se gestó entre los sectores populares un fuerte sentimiento de indignación contra la hipocresía que representaba para las mayorías restringidas de circular ver a distintas figuras del oficialismo violar de manera flagrante las propias reglamentaciones. En particular un episodio aparece destacado como un hito: la llamada «Fiesta de Olivos», donde se vió al entonces presidente de la nación Alberto Fernández celebrar el cumpleaños de su pareja en la residencia oficial, acompañado por un grupo de amigos en una cena que violaba las medidas de ASPO (Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio) que regía para todo el país a partir de un DNU (Decreto ejecutivo de Necesidad y Urgencia) impulsado por el presidente. Ese episodio fue recordado por los jóvenes con que realizamos esta investigación como el hecho que demostraba de qué manera «la política» era hipócrita e inconsecuente, con imágenes y videos que atestiguaban una vida de privilegios ostentada por «la casta». Tras la filtración mediática, que significó para Fernández y el resto de los comensales una denuncia en la justicia federal por transgresión del ASPO, se organizaron distintas manifestaciones públicas en protesta contra la gestión gubernamental de la pandemia.
[12] Para esta investigación realizamos un trabajo etnográfico dando continuidad a nuestros trabajos previos con juventudes (Semán y Welschinger 2022, Semán y Navarro 2022). Nuestros interlocutores en esta investigación fueron jóvenes de entre 16 y 28 años de sectores medios y populares, vecinos de distintos barrios del Área Metropolitana de Buenos Aires que tienen trayectorias sociolaborales muy diferentes: trabajadores de plataformas de delivery, programadores, trabajadores de la construcción, cuentapropistas, trabajadores independientes, autónomos/monotributistas, empleados de comercio minorista, reponedores de supermercados, empleados gastronómicos, trabajadores municipales, cooperativistas. Se realizaron 16 entrevistas grupales en las que participaron un total de 108 jóvenes (47 mujeres y 61 varones). El “reclutamiento” no fijó criterios a priori, surgió como resultado de una red de contactos que se fue ampliando y diversificando a lo largo del trabajo de campo. Una vez realizada la primera entrevista, trabajamos con los jóvenes entrevistados en la búsqueda de nuevos contactos para las entrevistas posteriores. Asimismo, no determinamos a priori los espacios donde se realizarían los grupos, sino que los puntos de encuentro fueron establecidos por los propios participantes en las interacciones. Las entrevistas grupales se realizaron en casas, bares y escuelas de los barrios del AMBA, y tuvieron una duración variable. Buscamos producir conversación sobre los efectos sociales y políticos de la experiencia social y económica de los jóvenes. Nuestras interpretaciones, e incluso nuestras preguntas, fueron cada vez más intrínsecas a una trama de interacciones. En ese contexto, la “política” fue un tema emergente que se volvió central en el contenido de la conversación, muy particularmente cuando los participantes desarrollaron sus evaluaciones sobre la gestión gubernamental de la pandemia y la economía. Es conveniente destacar, además, que las entrevistas fueron realizadas por quienes analizamos los datos, redactamos el texto y mantuvimos un diálogo reflexivo sobre el rumbo del trabajo en todo momento.
[13] Las dos gestiones de gobierno que precedieron a la victoria de Milei duplican cada una la inflación heredada del periodo anterior: el gobierno de la alianza Cambiemos lleva la inflación del 25 al 50% y la del Frente de Todos de 50% a más del 120% interanual (Dal Poggetto y Kerner 2023), dejando así a Argentina en el quinto lugar del ranking de países con mayor inflación a nivel mundial (Infobae 2023).
[14] En su análisis sobre la ideología de los votantes de Bolsonaro en Brasil, Kessler et. al (2024: 10) encuentran una sensibilidad similar en relación con la centralidad otorgada al valor de la autonomía, el esfuerzo personal y empresarial, en oposición con aquellas personas que (mal)vivirían de la ayuda de las políticas sociales del Estado, al cobijo de los beneficios de lo público.
[15] Y por es posible encontrar esa conexión y datarla socio históricamente es que insistimos en distinguir que entre el mejorismo y la adhesión a las ideas libertarias, y afirmamos que si hay conexión es porque medio un intenso trabajo de interpelación que para sostenerse a futuro debe encontrar revalidación en la reconfiguración de cada nueva coyuntura política.
[16] Los estudios de opinión pública del periodo mostraban que eran los jóvenes la porción del electorado que apoyaba la dolarización con mayor fuerza (Vanoli 2023).
[17] En este punto remitimos al análisis que en otro texto (Semán y Welschinger 2024) realizamos sobre el sesgo nortificante que busca encontrar un mítico “modelo brasilero” para explicar el voto evangélico de cada uno de los países latinoamericanos.
[18]  Grignon y Passeron encuentran que la teoría del orden cultural legítimo de Bourdieu se centra exclusivamente en “una sociología de las formas y grados de consentimiento a la dominación” que, frente a la tarea de describir la cultura popular, sólo puede analizar como el resultado degradado de los estilos de vida dominantes y por lo tanto legítimos. “La sociología legitimista -afirman en Lo culto y lo popular- se sustenta en un presupuesto implícito: “el orden simbólico (jerarquía de los gustos) no corresponde solamente al orden social (jerarquía de las clases), sino también al orden natural (jerarquía de las necesidades); franquear la barrera que separa a las clases medias de las clases populares es salirse de la esfera de la cultura para perderse en la esfera de la ‘naturaleza’” (Grignon y Passeron 1991: 98).

 

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Pablo Semán
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Pablo Semán es sociólogo y antropólogo, y su investigación explora las experiencias religiosas, musicales, literarias y políticas de los sectores populares en la América Latina contemporánea. Es doctor en Antropología Social por la Universidad Federal de Rio Grande do Sul (UFRGS) e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de Argentina. Es profesor del Instituto de Estudios Sociales Avanzados (IDAES) de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM).

Nicolás Welschinger

Nicolás Welschinger es sociólogo y su investigación examina las experiencias de los jóvenes en relación con la política, la educación y las plataformas digitales. Es doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de Argentina. Es docente en la UNLP y se desempeña como Coordinador Académico del Programa de Posgrado en Ciencias Sociales y del Doctorado en Estudios Sociales Interdisciplinarios de Europa y América Latina (Universidad de Rostock/UNLP).